
"Mi efigie en una noche fría de verano"
Chūya Nakahara
En el Suplemento Cultura de Diario Perfil se presentó una nueva sección llamada "Narcolepsia. Coordenadas para una aproximación a la poesía" en la que se analiza cada semana un poema en particular. El poema elegido en esta ocasión es "Mi efigie en una noche fría de verano", del poeta japonés Chūya Nakahara.
Biografía
Chūya Nakahara (1907-1937) fue un poeta japonés nacido en la ciudad de Yamaguchi. Perteneciente a una familia acomodada, Nakahara mostró desde temprana edad una inclinación por la poesía, la cual se intensificó tras la muerte de su hermano menor en 1915. A pesar de las expectativas de su padre, quien deseaba que siguiera la tradición familiar y se dedicara a la medicina, Nakahara se decidió por la literatura y se distanció de su familia cuando se mudó con su pareja, la actriz Yasuko Hasegawa, en 1924. Ese mismo año se trasladaron a Tokio, donde Nakahara se nutrió de conocimiento y forjó su imagen de poeta bohemio.
Tras algunos años de esfuerzos infructuosos, Nakahara finalmente ingresó a la Universidad de Lenguas Extranjeras de Tokio en 1931, donde estudió francés. Tres años más tarde se casó con Takako Ueno en un matrimonio arreglado por su familia. En 1934 nació su primer hijo, quien lamentablemente falleció prematuramente en 1936. Este evento desencadenó en el poeta una crisis nerviosa que lo llevó a ser internado en una clínica psiquiátrica. Después de un tiempo, salió de ella y se dedicó a la traducción y la poesía, hasta que su voz se apagó para siempre el 22 de octubre de 1937.
El poema
"Mi efigie en una noche fría de verano" pertenece a la colección "Abrazado a las estrellas", traducida y seleccionada por David Taranco. En el poema, Nakahara describe su deseo de dejar atrás un entorno opresivo y avanzar con determinación y serenidad hacia un futuro mejor, sin perder la calma ni la esperanza.
A continuación se transcribe el poema:
Sin ser espléndidas
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Hoy más que nunca
Sin perder la calma por mis desvaríos,
dejando atrás estas tierras lóbregas;
con firme resolución de espíritu
y nada que reprochar a la noche de invierno,
sentí como un castigo trivial la tristeza de la gente atosigada,
el canto de unas muchachas por sus sueños cautivas,
y dejé que en mi piel penetraran
las voces de la ciudad.
Sin perder la calma por mis desvaríos,
con un mínimo de solemnidad,
logré sofocar mi desidia,
mientras seguía avanzando bajo la luna de invierno.
Jovial y sereno, es más, sin tener que venderme:
así quería mi alma verme.