
Vampiros en Venecia
El Nosferatu de Friedrich Murnau es una película que nunca hubiéramos debido ver. No me refiero a que el mejor modo de promover una película o un libro no es recomendándolo, sino prohibiéndolo, sino a que luego del estreno, el 4 de marzo de 1922 en el zoológico de Berlín, cuando la cinematográfica alemana Prana Film proyectó por primera vez su primera película, Nosferatu, basada en Drácula de Bram Stoker, comenzó una batalla legal que llevó a la bancarrota a la productora y al secuestro de todas las copias.
La salvación de Nosferatu
Afortunadamente, el archivista francés Henri Langlois salvó una copia de Nosferatu y durante la ocupación alemana escondió negativos de películas que los nazis querían destruir, como El ángel azul de Von Sternberg. Langlois fundó la Cinemateca Francesa en 1936, la cual dirigió por más de cuarenta años y se convirtió en el mayor archivo dedicado a la historia del cine.
El legado de Nosferatu
La película de Murnau tuvo un impacto tal que influyó en características que hoy consideramos clásicas de los vampiros, como su vulnerabilidad a la luz del sol. Además, el personaje encarnado por Max Schreck tuvo su propia deriva y fue recreado por actores como Klaus Kinski y Willem Dafoe. Kinski interpretó nuevamente al vampiro en Nosferatu en Venecia (1988), dirigida por Augusto Caminito.
Una película maldita
La película de Caminito tuvo una producción complicada, con cambios de director, abandonos y peleas. El personaje de Nosferatu, harto de vivir, deambula por las calles en busca de una virgen que se entregue a él voluntariamente. El filme está envuelto en una aura de maldición y problemas, pero constituye un testimonio del legado de la icónica creación de Murnau.