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Entre los mitos y las bombas atómicas

Entre los mitos y las bombas atómicas

domingo 03 de agosto de 2025

El miedo a un holocausto nuclear y los arquetipos escatológicos

En las sagas, el tema del “fin del mundo” funciona como una pulsión temporal que aspira a su propia cancelación. Siempre está por venir, pero nunca llega. En la narrativa religiosa, la posibilidad de la aniquilación total queda sumida a la promesa, jamás a la acción concreta, porque si los dioses soltaran los “vientos de la ira” caerían en su propia hybris, en un suceso de carácter absoluto, y su existencia ya no tendría sentido. Tal amenaza divina funciona entonces como disuasión del pecado.

Hoy el mito conmina con hacerse realidad. Hoy pende sobre nosotros la sombra de un holocausto nuclear, y la toma de consciencia de los arquetipos escatológicos. El teólogo Luis Rivera Pagán ha trabajado en profundidad el problema de las armas nucleares y su impacto espiritual. Según sus conclusiones, estas armas poseen una cualidad asombrosamente similar a la de lo sagrado. Desde su invención, la ciencia ha intentado ocupar el lugar de lo divino, y las armas nucleares lo han logrado con creces, suscitando un recogimiento religioso.

El poder y la ciencia frente a lo sagrado

Las palabras de Robert Oppenheimer, miembro del Proyecto Manhattan, tras el primer ensayo atómico, citaban pasajes religiosos. El poder de destrucción era tan inmenso que solo podía ser comparado con lo divino. El secretario de Guerra estadounidense Henry Stimson lo expresaba así: “Este proyecto no debe considerarse exclusivamente en términos militares, sino como una nueva relación del ser humano con el universo”.

El filósofo Jean Guitton advierte que una guerra nuclear debe concebirse como una posibilidad, para que su efecto disuasorio opere. Su consumo efectivo supondría la supresión del tiempo y la historia, sin ganadores ni perdedores. Sería un suceso objetivo que carecería de percepción subjetiva.

La paradoja de lo sagrado y el terror

No es casual que las armas nucleares tengan esa aura sagrada y sean percibidas como una eventualidad del misterio. Actúan como disuasión, pero su uso efectivo sería un error estratégico, una paradoja: el exterminio total sin que nadie pueda ser testigo de ello. Como dice Immanuel Kant, todo lo que pasa se asume en la consciencia en el después; si no hay un después, el hecho en sí carecería de entidad.

Esta contradicción genera un espíritu místico, un quiebre del lenguaje ante lo que no se puede simbolizar. La guerra nuclear, como posibilidad, se anula a sí misma. Su presencia mantiene un delicado equilibrio de terror que puede inclinar la balanza hacia la paz. Como dice Herbert Marcuse, la amenaza de catástrofe atómica sirve para proteger a las mismas fuerzas que perpetúan el peligro.

Mientras algunos, como Karl Jaspers, ven en ellas una herramienta para frenar el avance de ciertas ideologías, otros, como Albert Camus, caen en el espanto: “La civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Será preciso elegir en un futuro más o menos cercano entre el suicidio colectivo y la utilización inteligente de las conquistas científicas”.

Vivir con la amenaza nuclear

Los misiles son ambivalentes, terroríficos y a la vez divinos. Querríamos deshacernos de ellos, pero desmantelarlos sería más peligroso que poseerlos. El ser humano ha probado el fruto prohibido del conocimiento del mal, y no puede mirar para otro lado. Son deidades airadas, entidades serpentinas que pendulan entre lo siniestro y lo sublime, cuya soteriología es a la vez destructiva y conservadora.

Hemos despertado al Gólem de la desmesura y abrimos la puerta a una incertidumbre angustiosa. Tenemos que convivir con el peligro que representan estas deidades modernas, omnipresentes aunque las ignoremos. Este es el mundo que tenemos y que, parece, no podemos cambiar.



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