
Redescubrir la curiosidad en la aventura de aprender
Doctor en Ciencias de la Comunicación; Director y profesor titular del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades de UADE; ensayista en educación y comunicación, pedagogía, historia del pensamiento y análisis cultural.
La educación plantea una paradoja singular: el mayor regalo que puede ofrecerse a un individuo es la oportunidad de explorar lo desconocido. Umberto Eco nos ha dejado una reflexión sobre el valor de lo desconocido como un reto a la imaginación y una invitación a expandir los límites de nuestro entendimiento.
Lamentablemente, la cultura y el arte masivos se homogeneizan cada vez más y amenazan este proceso intrínseco al aprendizaje. La oferta se empobrece con productos familiares y fácilmente digeribles, desincentivando el crecimiento intelectual y emocional.
La curiosidad, un rasgo esencialmente humano
El ocaso peligroso de la curiosidad que observamos es una anestesia de un rasgo humano que nos ha permitido crear el mundo, según Nicholas Penny. El desinterés y la pasividad reinan en una era de cultura de consumo inmediato.
La educación debe rescatarse como un espacio de indagación y exploración, invitando a los individuos a confrontar sus propios límites y cultivar su singularidad. La curiosidad y el descubrimiento deben fomentarse en lugar de caer en la trampa de contenidos sin matices y de fácil consumición.
Leer, una actividad valiente
En contraste con la cultura del ocio instantáneo, leer se presenta como una actividad exigente que requiere inmersión en lo desconocido. Es un desafío enfrentar lo desconocido, una práctica que se aleja de la pasividad actual.
Reactivar nuestra capacidad de tomar una posición crítica sobre los contenidos es un paso necesario. La educación, en su esencia, invita a la exploración y a cultivar nuestra individualidad. ¿Quién no quisiera ser un explorador en lugar de un mero espectador?