
Las dos pasiones
En los últimos veinte años se intentó crear una versión legendaria acerca de los 70 y la pasión de jóvenes que se lanzaron a la lucha armada. Se exaltó desde el Estado el arrebato de muchachas y muchachos que daban la vida por un mundo mejor que se alcanzaría mediante el sacrificio. Pasionarios, voluntaristas, que derramaron su sangre —y la de otros— generosamente.
La pasión por el debate de ideas
Esa mirada nostálgica de la violencia setentista sepultó otra pasión ya olvidada que existió en la década anterior —los 60—, cuando a pesar de los golpes militares existía una ebullición cultural ya perdida. Se discutía de Huracán sobre el azúcar de un Sartre que defendía a Cuba y miraba de soslayo la polémica por la persecución a los homosexuales en la isla. Existían Victoria Ocampo y David Viñas. La revista Fichas de Milcíades Peña y el diario La Prensa de Gainza Paz. Pasado y Presente de José Aricó y la revista Criterio, de origen cristiano. Fue la época de El Grillo de Papel, de El Escarabajo de Oro y La Rosa Blindada.
La pasión estaba puesta en las ideas. En el debate de las ideas. En el pensamiento crítico. Y era una flor de pasión. Centrada en el conocimiento. Que no se limitaba al bar La Paz o los claustros. También se extendía a las calles y se reflejaba en el Cordobazo, Viborazo, Tucumanazo, Rosariazo, y las protestas callejeras de obreros y estudiantes contra las dictaduras que periódicamente anunciaban la epifanía de una eterna felicidad uniformada.
Era una pasión creativa. Productiva. Podíamos discutir sobre las vías para alcanzar el socialismo y a la noche ir a bailar con el ritmo de Los Beatles.
La pasión se transforma en guerra
Luego llegaron los 70. Y entonces la pasión se transformó en instinto de guerra. Estudiantes de Letras con una pistola 45 en la cintura. Antropólogos convertidos en mecánicos clandestinos. Físicos fabricantes de explosivos. La cultura se distorsionó porque a la política —que a todos nos apasionaba— le agregamos el más peligroso de los condimentos: las armas.
Y la historia demuestra que cuando la política se militariza triunfan los que mejor disparan un arma, los más audaces, los más arriesgados. Triunfan las balas sobre las letras. La pérdida de sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, el desprecio absoluto por la vida: por la propia vida y por la vida del adversario.
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad. Hoy más que nunca.
El costo de la militarización de la política
En 1972 jóvenes militantes buscaban refugio condenados a muerte por sus compañeros. No eran delatores ni policías. Habían roto con su organización por disidencias políticas. En 1975, en una de las organizaciones armadas se ordenó que había que matar a un hombre para ocupar un puesto de dirección. Rito de iniciación en algunas antiguas tribus africanas.
La izquierda violenta había sido derrotada mucho antes del golpe. Y no por las armas de los militares, sino porque la militarización de la política condujo a toda una generación a un callejón sin salida.
El costo ha sido tan alto y doloroso, que será necesario volcar toda la pasión del mundo para recuperar una cultura de justicia, libertad, igualdad, una justicia de debates e ideas. Y habrá que hacerlo dentro del marco de una democracia renga y desigual con gobernantes groseros, incultos, chabacanos. No será fácil, está claro. Pero será en democracia.
Fuente: Artículo de Sergio Bufano para Perfil.com